TODO EL QUE QUIERA


CAPÍTULO III

A DESCANSAR

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. (Mt. 11:28)

Para ser salvos tenemos que ir a Dios. Pero no podemos hacerlo tal como somos: culpables y corrompidos con el pecado; por eso debemos ir a Jesús para, a través suyo, llegar a Dios. Porque Jesús es la revelación del Dios de nuestra salvación, y puede salvar plenamente a los que se acercan a Dios por él. Y todo el que quiera venir, puede hacerlo, teniendo la seguridad de que no será echado fuera.

Ahora bien, ¿quiénes son los que quieren venir a este Jesús, el Cristo de la Biblia? Con independencia de cómo se explique el hecho en sí, es evidente que no todos tienen el deseo de hacerlo, pues si lo tuvieran, vendrían. Sin embargo, la Escritura y la experiencia enseñan que no todos son salvos. Y cuando se les predica el evangelio sin distinción, de inmediato se percibe que muchos rechazan a Cristo, no quieren tener nada con él, y lo aborrecen y crucifican de nuevo; mientras que otros, por el contrario, lo reciben y se les da potestad de ser hechos hijos de Dios. Cristo está puesto para caída y levantamiento de muchos, no sólo en Israel, sino en todos los tiempos y entre todas las naciones (Lc. 2:34). Es una señal que será contradicha, y los pensamientos de muchos corazones serán revelados por él (Lc. 2:34,35). La palabra de la cruz es locura para unos, y poder de Dios para otros (la Co. 1:18). El Cristo crucificado es piedra de tropiezo para muchos, mientras que para otros es sabiduría de Dios (la Co. 1:23,24). Y los que predican el evangelio son olor de vida para vida a algunos, y a otros olor de muerte para muerte (2a Co. 2:15,16). El es la principal piedra del ángulo, escogida, preciosa; sobre la que muchos son edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo; mas para otros es piedra de tropiezo y roca que hace caer (la P. 2:5­8). Así fue cuando él mismo predicó el evangelio del reino en la tierra, y la misma separación entre los hombres sigue causando el evangelio hasta hoy.

¿Cómo se explica esta diferencia? ¿Qué hay en Jesús, el Cristo de la Escritura, para que unos estimen como estiércol todas las cosas en comparación con el conocimiento de su Señor, mientras otros le desprecian y rechazan y aborrecen más que a nada en el mundo? ¿Qué hay en los hombres para que expresen valoraciones tan radicalmente distintas, y asuman posiciones tan diametralmente opuestas? Todo el que quiera, puede venir. Seguro. Pero no todos quieren. ¿Por qué unos sí y otros no?

Para contestar a estas cuestiones necesitamos mirar más de cerca al Cristo de la Escritura, y examinar a los hombres en relación con él. ¿Quién es? ¿quién proclama ser este Jesús? ¿Qué promete a los que van a él, y qué deben realmente buscar, desear y amar?

Prestemos atención especial a esos pasajes en los que el Señor llama a los pecadores a venir a él. Uno de estos es el bien conocido de Mateo 11:28: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar".

Es evidente que el Salvador se presenta aquí a sí mismo como el Dador­de­descanso. Nótese, además, que esta declaración es positiva e ilimitada. Es positiva en su promesa: Os haré descansar. Precisamente por afirmaciones como esta se distingue Cristo de todos los demás: él habla con autoridad, no como los escribas. Cristo no dice: Os instruiré en el arte de garantizaros descanso por vosotros mismos; o, yo os enseñaré dónde podéis encontrarlo. No. Él dice positivamente: Os haré descansar. Además, es una declaración no limitada por el tiempo o el espacio, pues aún hoy sigue con nosotros. Fue pronunciada hace casi dos mil años en el pequeño Canaán, pero permanece oyéndose en todo el mundo. Es la única palabra con autoridad y poder que se oye en medio de un mundo lleno de intranquilidad, guerras, aborrecimientos, derramamientos de sangre y destrucción. (Venid a mí, y os haré descansar!

Puede que alguien piense que todo el mundo, especialmente en una situación como la actual, con el desgarro y el hastío de la guerra, atenderá esta llamada y se volverá a Cristo por descanso. Es cierto que estamos en guerra, la peor y más sangrienta de cuantas se han librado; pero ¿no luchamos por la paz, para que la paz mundial venga cuando termine el enfrentamiento? ¿No estamos buscando, hablando y planificando una paz real, justa y duradera para el mundo? Bien, entonces la solución parece fácil. Tenemos la voz que con autoridad proclama hasta los fines del mundo: "Venid a mí, y os daré descanso". En una situación tan dolorosa, ¡seguramente todos irán para que les cumpla su promesa! No. No es tan simple.

¿Es esta paz, este descanso humano, lo que Cristo promete?

La Escritura habla frecuentemente del reposo; y la idea es siempre la misma en esencia. En seis días creó Dios el mundo y el séptimo reposó. Ese es el reposo de Dios, su sabbat, su entrar en el gozo de su obra terminada. Y santificó ese día para el hombre, para que él también pudiera entrar en el reposo de Dios. La tierra de Canaán en la cual Yahvéh introdujo a su pueblo Israel era el reposo: allí viviría el pueblo en la comunión del pacto con el Señor su Dios. Y les ordenó guardar el sábado, el reposo de Dios. Sin embargo, también ha jurado que no entrarán en su reposo y están bajo su ira, todos los que divagan de corazón y no conocen sus caminos (Sal. 95:10-11). El pueblo hallará descanso para su alma en el camino de los mandamientos de Yahvéh (Jer. 6:16). La primera parte del capítulo cuarto de la carta a los Hebreos está dedicada enteramente a la cuestión del reposo. Allí aprendemos que ni el reposo de la creación en el día séptimo, ni el de Canaán, fueron terminantes y perfectos. Dios ha preparado otro mejor, más rico y permanente para su pueblo: el reposo en Cristo, el sábado eterno que queda para los redimidos. Ahora es el tiempo de procurar entrar en ese reposo (He. 4:1­11). De ese descanso habla la voz desde el cielo en Apocalipsis 14:13: "Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen". Es el estado opuesto al del impío que adora a la bestia y su imagen, el humo de cuyo tormento "sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche" (Ap. 14:11). Desde el principio la Escritura habla de este reposo como la realización de la promesa de Dios a su pueblo; y es del que habla el Salvador cuando dice: Venid a mí, y descansad.

¿Qué, pues, es el reposo, y cuál ese en particular que se nos presenta en la Escritura como el objeto final de la salvación?

Reposo no es lo mismo que ociosidad o mera inactividad. Porque, por un lado, un estado de estricta inactividad es imposible para el hombre, pues su espíritu siempre está ocupado, y es fácil que se recueste perezosamente en la cama sin obtener el descanso apetecido. Por otra parte, un estado de plena e intensa actividad es compatible con el reposo perfecto. En esa imagen tan bella y simbólica del estado de gloria presentada en Apocalipsis 4, leemos que los cuatro seres vivientes que están alrededor del trono de Dios y del Cordero "no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir" (vs. 8). ¿Quién no entiende que en esta glorificación constante del Altísimo se encuentra el disfrute del verdadero reposo? Aun el mismo descanso de nuestro día de reposo semanal no consiste en la mera cesación de todo trabajo, sino más bien en llenar el día hasta rebosar con la actividad de buscar el reino de Dios. Por lo tanto, el holgazán que pierde su tiempo el primer día de la semana, es más profanador del sábado que quien emplea el día en vender o labrar.

El reposo implica que una cierta tarea ha concluido, que la obra está completa y terminada, que el propósito se ha cumplido y se ha obtenido el fin apetecido, y ahora se entra en el disfrute de la obra acabada. Es ese estado de alma y cuerpo, de mente y corazón, en el que la más intensa actividad es, al mismo tiempo, perfecto reposo, y el trabajo es gozo perfecto.

Para el hombre este reposo consiste en la adecuada comunión con Dios. Como dijo Agustín: "Nuestro corazón está sin reposo, hasta que no descansa en ti". Porque el hombre fue creado a imagen de Dios, en verdadero conocimiento y santidad, dotado con el conocimiento de Dios que es vida, para que en esta semejanza pudiera ser el amigo de Dios, entrar en su más íntima comunión, disfrutar su favor y gustar que el Señor es bueno. Esta comunión suponía constante actividad, amando al Señor su Dios con todo su corazón, con toda su mente, con toda su alma y con todas sus fuerzas, y servir al Altísimo con todo su ser en gozosa y voluntaria obediencia. En ese estado puso Dios al hombre en el primer paraíso; un estado de rectitud, reposo e intensa actividad, de gozo y de paz, de vida y gloria, en el que continuamente procuraba el fin de tener comunión con Dios en el camino de la plena obediencia de amor. El ciclo semanal de seis días y uno, era un símbolo y sello para el hombre de esa perfecta relación de trabajo y reposo.

Pero el hombre no quiso a Dios. Cayó de su reposo y se precipitó en el desasosiego incurable del diablo. Rechazó la Palabra de su Dios y siguió la mentira de la serpiente. Rehusó caminar en la senda de la obediencia, sólo en la cual era posible obtener y gustar la bendita comunión con Dios, y se convirtió en desterrado, culpable y digno de muerte, objeto de la ira de Dios, bajo la cual pereció, con su entendimiento entenebrecido, corrupto de corazón y perverso de voluntad, enemigo de Dios, buscando reposo donde sólo se puede encontrar iniquidad, paz donde sólo hay guerra, y vida donde está la muerte. Atrayendo sobre sí tal carga de culpa que nunca la podrá expiar, sino que la incrementará cada día. Fue encadenado con grilletes de pecado y corrupción que nunca podrá romper, y quedó sometido al poder de la muerte, de la que nunca se podrá librar. Extraviado, inquieto, sin Dios en el mundo, es "como la mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz, dijo Dios, para el impío" (Is. 57:20,21).

Dios ha provisto, no obstante, un mejor descanso para su pueblo: el reposo de su pacto y reino eterno, en el que tendrá su tabernáculo con ellos para siempre en gloria celestial. Esa obra de Dios por la cual nos saca de nuestra senda de iniquidad a la gloria de su sábado eterno, es la maravilla de la gracia y la salvación. Porque este reposo final y eterno sólo se puede obtener por medio de una obediencia tal que sea capaz de vencer y borrar el pecado. La justicia de Dios debe ser satisfecha, el pecado expiado y establecido un fundamento de justicia. El pecador tiene que ser redimido, liberado del poder y dominio del pecado y la muerte, y revestido con una nueva justicia y una nueva vida para que tenga el derecho y el poder de comer del árbol de la vida que está en medio del paraíso de Dios. El reposo verdadero es, pues, cese del pecado: ese estado en el que el poder del pecado y de la muerte ha sido derrotado para siempre, y se ha logrado la justicia perfecta y la vida eterna en el tabernáculo celestial de Dios.

Ese reposo está en Cristo. Nunca podríamos cumplir la tarea de expiar nuestros pecados ni liberarnos del yugo de corrupción y del dominio de la muerte. Estamos aplastados por el pecado y no podernos movernos, y aunque intentásemos expiarlo, todo sería en vano. La obra es de Dios. Suyo es el reposo. El cumplió la obra en Cristo, su unigénito Hijo. Cristo es el reposo en sí mismo porque él es Enmanuel: Dios con nosotros; la naturaleza humana y la divina unidas para siempre en su bendita persona. Él mereció el reposo porque tomó todos nuestros pecados sobre sus poderosos hombros y cargó con el castigo en el madero maldito. La obra fue realizada: "Consumado es". Quitó toda nuestra culpa, venció el poder de la muerte y nos colocó en la gloria de su Resurrección. Subió a lo alto y recibió la promesa del Espíritu; así que él es el Espíritu vivificante, capaz de sacarnos del pecado a la justicia, de la muerte a la vida eterna. Y desde lo alto dice: "venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar".

¿Irán a Cristo? ¿Tiene alguien el deseo y la voluntad para entrar en su reposo? De sí mismo ¡nadie! Porque el querer ir está motivado por el anhelo de volver a Dios, y el hombre es su enemigo; implica la consciencia y el reconocimiento de que se está trabajado y cargado con un yugo de pecado que nunca puede quitarse. Querer ir supone reconocer que estamos aplastados y desesperados por el pecado y la muerte, y que todo nuestro esfuerzo es en vano. Significa reconocer que por nosotros mismos es imposible entrar en el reposo; implica que nuestros ojos estén puestos en Jesús como el Dador­de­descanso, y que le anhelemos esperando que nos lleve a Dios y su reposo. Que deseamos estar a bien con Dios, y no sabemos cómo; queremos dejar el pecado, y no podemos; queremos ir a la casa del Padre, y no sabemos. Solamente Cristo sabe y es capaz, ¡él es nuestra única esperanza! Todo eso significa querer ir a Cristo.

Pero el hombre natural no tiene de sí mismo este querer. Está trabajado y cargado, cierto, mas no del pecado como tal. Su conflicto es con la inquietud, la guerra, la destrucción, el derramamiento de sangre, la enfermedad, la angustia y la muerte. Y su esfuerzo está enfocado a eliminar esas trabas que fastidian su bienestar. Quiere establecer la paz y la felicidad y hacer un mundo mejor, pero no reconoce que su problema es su pecado, y que su inquietud y falta de reposo está causada por haber despreciado a Dios. No quiere cesar del pecado ni buscar a Dios. Busca el reposo y la paz precisamente en la esfera del pecado. Hace la guerra hablando bellas palabras de paz; presumiendo de justicia, aborrece la de Dios, y destruye el mundo, mientras proclama uno mejor. Realmente no quiere entrar en el reposo de Dios, ni venir a Cristo.

Mas ahora Cristo dice: ¡Ven! Y cuando él habla, ¿quién puede resistirse? Si hablo yo, si habla un simple hombre, si un predicador ruega, invita y persuade, eso no tiene ningún valor. Lo oyes con tu oído natural, lo ves con tus ojos naturales, y comprendes el significado, pero tu corazón está lejos, y rechazas a Cristo. Con ello demuestras que eres ciego, sordo y corrupto, agravando así tu culpabilidad. Pero no, no es la voz de un pecador, ¡es Cristo el que habla! El que una vez dijo ante la tumba de Lázaro: ¡Ven fuera!, también habla hoy por su Palabra y su Espíritu. Y por el poder de su Palabra recibes ojos para ver, oídos para oír y una mente iluminada para comprender tu miseria, el anhelo de ser libre y entrar en el reposo de Dios, y la voluntad para ir a Cristo. Y todo el que quiere puede ir sin temor. La promesa es tuya y nunca fallará: "Ven, y yo te haré descansar".